#52RetosLiterup ’21 | I. El vacío entre las estrellas

Premisa: Inventa un cuento que suceda en las estrellas.
Longitud: 1 308 palabras


Despertar del hipersueño no es para nada como decía el folleto corporativo. Carter abre los ojos de sopetón a un techo de luces cegadoras y siente que se ahoga como un pez fuera del agua, durante unos agónicos segundos, hasta que sus pulmones recuerdan cómo trabajar por sí mismos. Le asalta la peor de las resacas imaginables y se lanza fuera de la cápsula como si fuera la borda de un barco a pique, arrancándose varias vías en el proceso, y besa el frío suelo de la cámara de hibernación. Mientras pasa los primeros cuarenta minutos de su apasionante nueva vida encorvado sobre un retrete cromado, echando las tripas, piensa con sorna en la «plácida travesía» que le prometieron y se pregunta qué más verdades a medias se habrá tragado.

Para cuando cree que puede tenerse en pie con cierta dignidad, los sistemas automáticos ya han tomado todas las lecturas necesarias. Por lo menos, se ahorra buena parte del aburrido examen médico.

Un brazo robótico anclado a la pared junto al lavabo le ofrece un vaso de agua.

—Gracias, MACK —dice con voz áspera, falta de práctica. Tiene que volver a llenar el vaso en cuestión de segundos.

«De nada, Carter. El descenso está previsto para dentro de tres horas. Encontrarás todo dispuesto en tus aposentos. En cuanto estés listo deberías…»

—Sí, sí. Ya me conozco el puñetero protocolo. —Aunque se sienta como un trapo, no le parece justo cabrearse con MACK. Pasaron la primera parte del viaje, antes de meterse en la cápsula de hipersueño, jugando al ajedrez y visionando películas antiguas proyectadas en una pared, de las que precedieron a la llegada de los holovídeos. Como si fuesen viejos amigos. Y le avergüenza admitir lo mucho que lo disfrutó, porque hace mucho que no tiene ningún amigo. La inteligencia artificial le cae bien, mejor que la mayoría de gente que conoce, aunque no sea real, apenas un montón de cables con una personalidad preprogramada por los mismos tipos que lo han soltado aquí a su suerte. Vale, firmó aquel contrato él solito sin que nadie le apuntara una pistola a la sien, pero fingir que así ha sido lo hace un poco más fácil de sobrellevar. Es más sencillo echar la culpa a otro por si las cosas no salen bien, como lleva haciendo toda la vida—. Perdona. Enseguida voy.

«Has recibido un total de siete mensajes y tres videollamadas mientras dormías. Están almacenados en tu terminal».

Siete mensajes en casi una década. Supone que eso dice mucho de sí mismo, y no descarta que alguno sea spam.

Tenía que haber adivinado que acabaría arrepintiéndose de seguir aquel impulso, como se ha arrepentido del noventa por ciento de decisiones que ha tomado alguna vez en su vida. Se subió a una nave espacial para huir de los fantasmas del pasado, darle algo de sentido a una existencia vacía, pero estos se le han pegado al cogote y le han acompañado al otro lado de la galaxia como equipaje de mano.

El agua fría en la cara lo espabila lo suficiente como para detenerse a mirar largamente en el espejo. Tras tanto tiempo suspendido en la cápsula ni siquiera parece él mismo; la mayor parte de su cara se pierde entre las greñas y la barba, ha perdido tono muscular y hasta sus ojos le devuelven una mirada extraña, como si su cuerpo hubiese decidido, de manera completamente fortuita, disfrazarse para asumir su nuevo rol de ermitaño. La absurdidad del universo le golpea de lleno en el pecho, el nudo de su estómago se rompe como una goma elástica estirada hasta el límite y la risa surge a borbotones, histérica y estridente.

Carter Holt, pardillo sideral. Ha pasado de teclear delante de una pantalla en un cubículo del planeta madre a, muy probablemente, teclear delante de una pantalla en un cubículo de un satélite dejado de la mano de cualquier dios conocido. Mismo perro, distinto collar.

Los jefazos montaban aquellas reuniones cada equis meses, intentando embaucar a algún pobre desgraciado de mente débil para que aceptara un traslado a uno de esos puestos que nadie quiere ocupar en las colonias del anillo exterior. La mayoría no creen, con razón, que el aumento de salario compense el marrón. Por si fuera poco, los de recursos humanos empapelaban la sede de flamantes carteles e inundaban las bandejas de entrada con mensajes sugerentes que casi parecían publicitar un complejo vacacional. ¿Cansado de la monotonía? ¿Necesita una nueva perspectiva? La oportunidad de empezar una nueva vida le está esperando en Creon Delta 8. Puede que los eslóganes fuesen una mierda, pero las fotos en alta definición quitaban el hipo. Planetas todavía por explorar, galaxias en forma de espiral y nebulosas de todos los colores imaginables. Siempre se quedaba mirando, soñando despierto, pero mentiría si negara ser el primer sorprendido cuando se plantó en el despacho de su superior aquella mañana.

¿Por qué está interesado en solicitar el puesto, señor Holt?

Porque probablemente fuese la única oportunidad que tenía alguien como él de salir del planeta madre. Porque pensaba que allí arriba podría encontrar lo que no había sido capaz de hallar allí abajo. Tranquilidad. Un propósito. Una puta epifanía. En realidad, no lo sabe y a estas alturas se la trae al pairo.

Lo que está hecho, hecho está. Quería alejarse de todo y de todos, y eso seguro que lo ha conseguido. Nunca ha estado más solo, pero no se siente tan vacío como esperaba.

La primera vez que escuchó eso de «polvo al polvo» cuando era niño, en un funeral del que solo recuerda un dulzón hedor floral y el calor de la mano paterna envolviendo la suya diminuta, pensó que se referían a polvo de estrellas y que, al morir, los humanos se deshacían en cenizas plateadas y pasaban la eternidad flotando en el espacio infinito. La idea le transmitía mucha paz.

Respira hondo. Devora el recuerdo, asimila ese sentimiento de armonía infantil hasta que lo invade todo y la angustia retrocede, como el bajar de la marea. Luego suelta el aire, muy despacio.

—MACK.

«¿Sí, Carter?».

—Borra todos los mensajes.

«¿Estás seguro?»

—Tú hazlo.

Con un bip, el peso del pasado desaparece.

No piensa dejar que esto se convierta en otra nube de remordimientos. Si acaso, será la primera decisión correcta que he tomado en la vida y da igual a dónde le lleve, lo aceptará. Cinco años trabajando en Creon Delta y tendrá suficiente dinero para plantearse empezar una genuina nueva vida, puede que en otro sistema. El primer paso que da por la pasarela de la nave rato después ya pertenece a un hombre distinto, la baja gravedad hace que se sienta como un globo a punto de salir volando.

Su nuevo hogar es frío e inhóspito, roca plomiza y aire irrespirable sin el traje protector. Despojado de cualquier señal de vida reseñable, pero un enclave imprescindible para las operaciones mercantiles de la empresa. Ve las luces de la entrada a la base, brillando como un faro bajo el manto de oscuridad casi eterna al que deberá acostumbrarse. Dentro espera el tipo al que debe sustituir, que no dudará en hacerle saber el error que está cometiendo antes de subir corriendo a la nave para no volver jamás.

Por lo menos dispondrá de una versión portátil de MACK, una especie de asistente virtual, para mantenerle compañía. Podrán jugar al ajedrez holográfico, ver películas y fingir que son viejos amigos. Sí, no le cabe duda, podría acostumbrarse a ello. Además, las vistas no están nada mal.

Carter alarga la mano hacia el cielo, una silueta negra recortada contra la inmensidad refulgente del firmamento. Casi puede sentir la aurora irisada haciéndole cosquillas en la piel, como si pudiera atrapar una estrella entre los dedos. Nunca se ha sentido tan insignificante, ni más en paz consigo mismo.

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