#52RetosLiterup ’21 | II. Azul

Premisa(s): Haz una historia que suceda íntegra bajo el subsuelo + escribe un cuento en el que tu protagonista vea el cielo por primera vez.
Longitud:
910 palabras


—¿Quieres decirme de una vez a dónde vamos?

Llevan tanto tiempo caminando por los túneles que Lúa empieza a marearse con los constantes giros y la manera en que el terreno sube, baja y en ocasiones parece retorcerse sobre sí mismo. Poco acostumbrada a pasadizos tan estrechos, faltos de la habitual estructura de refuerzo, a duras penas consigue luchar contra la sensación de que las paredes se cierran sobre ella, de que le falta el aire y el techo se va a derrumbar sobre ella; solo la mano que aferra la suya con firmeza consigue que no eche a correr por donde han venido. La húmeda esencia de la tierra le inunda los pulmones; un rítmico goteo en la cercanía y el eco de sus movimientos, sus respiraciones entrecortadas, los únicos sonidos que puede distinguir. Nunca antes ha estado tan lejos del Nido, y cuanto más avanza a ciegas, siguiendo los decididos pasos de Bion a través de una negrura apenas atenuada por el ocasional racimo de hongos bioluminiscentes, más crece el nudo que tiene en el estómago.

—Ya he dicho que es una sorpresa —suspira el chico.

—Si la sorpresa es que nos hemos perdido, prefiero no saberlo.

—Que no, pesada. Sé perfectamente dónde estamos. Casi hemos llegado.

Lúa tuerce el gesto, pero no dice nada más. Cada paso les separa más del Nido, que tantas veces ha sentido como una prisión pero ahora resplandece en su mente con un calor hogareño y una seguridad que siente más mortecinos a cada segundo que pasa. La emoción de la aventura choca con la aprensión de todo lo que puede ir mal. Desde que les descubran a toparse con alguna de las enormes alimañas que contribuyen a expandir la interminable red de galerías o extraviarse y ser incapaces de volver a casa.

Pero confía en Bion. De hecho, puede que sea la única persona que se haya ganado esa confianza sin reservas.

Pocos conocen los túneles mejor que él. Da igual cuantas broncas se lleve ni cuantas noches pase en una celda por insubordinación, es como si no pudiera evitarlo: los túneles le llaman. O eso suele decir. Es segunda generación subterránea, no cuarta como ella, así que su sentido de la vista es prácticamente perfecto y capaz de guiarle con facilidad por aquel laberinto. Lúa se fía más en lo que su olfato, tacto y oído le dicen que lo que sus ojos fallan en captar cuando la luz es demasiado débil. Unos mequetrefes como ellos jamás serán Elegidos, y ya que visitar el mundo superior del que una vez expulsaron a sus antepasados les está vetado, perderse en las profundidades de la tierra que los acuna es lo más parecido a la libertad que pueden saborear. Incluso si hasta eso está restringido, el riesgo de saltarse esas leyes concretas merece la pena, en cierto modo, pero Lúa nunca se ha atrevido a alejarse demasiado. Esta vez no se librará del castigo del capataz.

Su guía se detiene de sopetón y la inercia hace que choque contra su espalda.

—Oye —protesta, frotándose la nariz dolorida.

Bion chasquea la lengua como diciendo «mira que eres quejica» y señala con la cabeza el túnel secundario que se abre más adelante.

—Cierra los ojos.

Lúa exhala por la nariz con fastidio, pero hace lo que le pide y deja que sean las familiares manos apoyadas en sus hombros lo que la mueva hacia donde tiene que ir. Avanzan unos minutos de esa guisa, con pasitos vacilantes y resoplidos por parte de una y de otro, antes de que la chica perciba un cambio palpable en el aire. Más fresco, menos pesado, cargado de aromas extraños, parece moverse y hacerle cosquillas en las mejillas. Se remueve, inquieta, en el agarre de Bion.

—¿Qué…?

—Espera un poco, ya casi estamos —repone él, dándole un pequeño empujón. Unos pasos más adelante, le indica que pare. Oye cómo camina a su alrededor para volver a situarse al frente y suelta un suspiro nervioso. Cuando habla esta vez, su voz está henchida de emoción—. Vale, puedes mirar. Pero hazlo despacio, puede que…

—Sí, sí.

Apenas despega los párpados, un estallido de blanco cegador le hace volver a cerrarlos con un dolorido siseo de sorpresa.

—Te he avisado.

Lúa gruñe y respira hondo —de ese aire tan inusual que quiere beber hasta saciarse— antes de volver a despegar los párpados, muy lentamente. Aunque sigue quemando, esta vez puede verlo todo con cierta claridad, durante unos segundos, antes de que las lágrimas le empañen la vista. Están de pie frente a un barranco donde algún temblor debió de derrumbar un viejo túnel, creando un vacío que se extiende hacia abajo en forma de pozo y hacia arriba hasta un enorme agujero casi circular desde el que la luz de luna se derrama, plateada, en un espejismo de cascada. Luz natural, límpida, arrastrando partículas del cielo que Lúa apenas consigue vislumbrar desde allí abajo. El cielo de verdad, no la cúpula de piedra irregular a la que mira cada noche con faroles que intentan miserablemente imitar todas esas estrellas que ha visto solo en los libros de antaño.

El aire nocturno que se cuela por el hueco huele a azul, un color esquivo bajo tierra; de repente, su color favorito.

—Te lo prometí, ¿no? Que saldríamos algún día, que veríamos el cielo.

—Y que no miraríamos atrás.

Bion le mira y ella sonríe, resplandeciente con luz de luna y esperanza.

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